13 abr. 2018

Entro en la iglesia...


París. Intento entrar en la Sainte Chapelle, pero la cola de turistas me disuade. ("El bárbaro sólo destruye, el turista profana", escribió el gran filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila).
Camino hacia el norte, Belleville. Horas más tarde deambulo por este barrio popular y diverso. Paso frente a una iglesia y decido entrar. Si no ha podido ser la Sainte Chapelle -pienso- esta me servirá.
El templo es grande, alargado, decenas y decenas de bancos vacíos oran en silencio (madera gastada en meditación permanente). Me siento, no hay nadie. En lo alto, algunas bóvedas presentan evidentes signos de humedad. Pasa un rato y repican las campanas: las siete. Empieza el canto, aunque continuo sin ver a nadie. Me levanto y voy hacia las voces. Estaré soñando?
Detrás del altar principal hay una pequeña capilla; un cura y una veintena de fieles -prácticamente todas mujeres de origen africano- cantan dulcemente, un canto profundo, envolvente. Me siento en el fondo.
Treinta minutos de liturgia acompasada por estos cantos que acarician el alma, donde predomina la voz femenina. Añoro estas tonalidades en las mezquitas, donde la mujer suele verse condenada al silencio o, directamente, ve prohibida la entrada.
A mi lado se sienta una chica que, a lo largo de la ceremonia, va realizando diversos gestos reverenciales, delicados y emotivos.
Los cantos prosiguen, una de las mujeres se coloca frente a todos para leer fragmentos del Libro.
Finalmente nos damos las manos. Al igual que en las mezquitas, el contacto físico con los demás logra que unos desconocidos pasen a ser personas cercanas. Fraternidad. Vínculo.
Poco a poco salimos, en la puerta unos niños juegan a fútbol. Prosigo el camino, sereno. Agradecido por el encuentro, la sincronía, el momento.