15 nov. 2015

Un París amado por el islam

(Foto: Le Trio Chemirani - Institut des Cultures d'Islam @BlaiseMerlin)

He vivido en París y, en mi corazón, todavía vivo allí. Voy y vengo. Un París amado por muchos musulmanes, pues es una ciudad clave del mundo islámico actual. No tiene sentido pensar todavía en términos antiguos, donde los territorios definían la pertenencia confesional. Hoy, París es uno de los muchos lugares de este islam fructífero en el terreno de las artes, la espiritualidad, el pensamiento y la música, de este islam muy alejado de las imágenes bárbaras donde se lo quiere encerrar. Un París fértil para el islam y fertilizado a la vez por éste. Es el París de mucha intelectualidad que ha huido de regímenes totalitarios, el París del ”islam des lumières” (el islam ilustrado) como dice Malek Chebel, pensador clave y editor de la revista Noor sobre islam y mundo contemporáneo. Es el París del ICI, el Institut des Cultures d'Islam que acoge conciertos, exposiciones y también una mezquita; es el París de la veterana Africultures y de barrios como Belleville o Barbès con librerías especializadas en el mundo islámico; también el de las bibliotecas y las editoriales que publican autoras y autores imprescindibles por este islam del siglo XXI. El París de los abuelos magrebíes paseando por Ménilmontant entre palomas y el de los activistas sociales que trabajan por una ciudad inclusiva, a pesar de todo. Y es este París, aunque no lo parezca, uno de los principales objetivos de los terroristas.

El llamado Estado Islámico (Daesh) es un ejército colonial y actúa como tal. El colonialismo no acabó a mediados del siglo XX, pues es una forma sanguinaria y salvaje de imponer ideas y maneras de vivir. Todo ejército colonial aplica las mismas medidas deshumanizadas y brutales. En este aspecto, el Daesh no se diferencia en su práctica de ningún otro ejército colonial, del pasado y del presente, como el ejército francés en las colonias de África o Argelia donde, entre otras muestras de terrorismo, decapitaban los resistentes y exponían sus cabezas, o Estados Unidos y las consecuencias de sus ataques químicos en Iraq (como las malformaciones de los fetos). Es decir, hay formas de salirnos de cualquier valor humano y aplicarlo desproporcionadamente en forma de castigo a la población civil (la más vulnerable y alejada del conflicto), ya sea en nombre de la civilización, de los derechos humanos, de la democracia, del comunismo o de la religión. Etiquetas, todas ellas, desvitalizadas y que esconden el fervor colonial, terrorífico, de sus autores.

El París de las letras y las artes, también las islámicas, el hogar de miles de musulmanes pacíficos y conciliadores, la ciudad diversa, forma parte del peor enemigo del deseo colonial y sus ejércitos. No caigamos en una falsa dicotomía Islam/Occidente, porque nos encontramos ante un sí en la Vida, agradecidos y respetuosos, que hace frente a un no acérrimo y tóxico cuyo deseo es imponer un mundo asustado y desconfiado, fracturado y dócil. Un mundo sin el espacio sagrado, que es el espacio del vínculo y del amor a la pluralidad. Un París dentro de París que también se opone a la segregación y la marginación que lo rodea, fábrica de frustración y rabia, en esta arquitectura de la exclusión llamada “banlieu”.

Sarajevo, Jerusalén o París, como Beirut y otras muchas, representan (o representaban) ciudades cultas y de cultos varios donde la convivencia es factible. Atacar a la población civil en París o Damasco, en Londres o Bagdad, forma parte de la misma lógica colonial y, por lo tanto, sólo se puede combatir sin seguirle el juego. Alejándonos de sus complicidades y dejando de utilizar su lenguaje perverso y tergiversador.

Hay un islam culto, pacífico y diverso, extremadamente diverso, que no es la amenaza, sino el amenazado. Amenazado de forma directa y diaria por este ejército colonial que viste diferentes uniformes y banderas, pero que tiene muy claro que el objetivo no es esta masa abstracta llamada “Occidente”, sino los tejidos de afinidad que se crean entre personas, de todo tipo y procedencia, que resisten al dominio del miedo y del odio para continuar abriendo estos espacios de vecindad con todos los esfuerzos posibles (el verdadero yihad) más allá de los intereses económicos y políticos.