8 ene. 2015

Ni risas ni llantos



1. En el Corán escuchamos la advertencia: no corramos tras nuestras suposiciones. No nos dejemos llevar por las pasiones... ¿Y a quién le importa el Corán en este torbellino de opiniones, comentarios, declaraciones? A mí. A muchas personas.

2. El Corán incluye a los islamófobos y a quienes lo dan todo para que el islam no se propague. El Corán incluye a los que se denominan musulmanes pero actúan de forma completamente hipócrita. Todos personajes necesarios, misteriosamente necesarios, mordazmente necesarios. E interiorizados y compartidos en mayor o menor grado según nuestro nivel de atención.

3. Las herramientas del Corán, desde las más sutiles a las evidentes, desde las que trabajan esas partes del espíritu hasta las que rompen los prejuicios, no caducan. Pero tampoco son un pretexto, ni una cueva donde refugiarnos con nuestra incapacidad para comprender. El Corán sacude, la Fatiha (primera azora) abre. El intencionado ejercicio debe ser constante.

4. El Corán nos susurra: hay sitio en el jardín anhelado para el asesinado y para el asesino cuando ambos hayan sucumbido y sólo escuchen la palabra “paz”.

5. Hay un Corán que camina llamado Muhámmad, que la paz sea con él, que nos legó: “la tinta de un sabio vale más que la sangre de un mártir”. Intuyo que la tinta de los sabios de hoy, de siempre, es prácticamente invisible, hecha de silencio y oración.

6. La indignación y el miedo son reacciones humanas, pero cuando se convierten en un fin en sí mismo surge el desequilibrio, la fobia, la patología. El apego mundano. Una aleya coránica da vueltas por la casa, zumba: “Aquellos que no creen que habrán de encontrarse con Nosotros, se contentan con la vida de este mundo y no miran más allá.”

7. Tantos mensajes, tanta riqueza... Y nosotros aquí, obnubilados. Desorientados (esto es, sin Oriente, sin qibla - dirección). Petición: Al-láh, protégenos de nosotros mismos. ¡Amin!

8. Los usos son múltiples: el asesino utiliza todo tipo de elementos para perpetrar su crimen, entre ellos unas palabras, “Al-lahu akbar”, que su boca envenenan. Pero, a pesar del mal uso, a nuestro pesar, “Al-lahu akbar” es “Al-lahu akbar”: nos sustenta algo mayor, inefable e inacotable (inaceptable incluso para muchos).

9. Podemos gritar "Al-lahu akbar" para justificar cualquier deseo ególatra. Pero debemos concluir con "Al-lahu alim" (Al-láh sabe) para liberarnos de cualquier opinión, creencia e idea que nos impida estar atentos a la inesperado. Recíprocos a lo que se nos da. Agradecidos a lo que acontece, espontáneo. Sin victimismo.

10. Reitero: sin victimismo. Sin rencor. Sin ninguna emoción enquistada. Habitando el perdón.

11. "¿Cuántos años habéis permanecido en la tierra?" Dirán: "Hemos permanecido allí un día, o parte de un día”.